Recientemente, uno de nuestros consejeros espirituales visitó a un paciente que vive en su propia casa y se enorgullece de su jardín de flores. En los días buenos, cuando los miembros del equipo lo visitan, los lleva a su jardín y les nombra cada planta, deteniéndose para inhalar su aroma y admirar su belleza.
Ese día, el hijo del paciente lo visitaba y estaba horneando pan jalá en la cocina. El paciente sugirió que él y el consejero espiritual dieran un paseo por su jardín. Hablaron sobre el deterioro de su salud y las dificultades que enfrentaba ante los cambios en su estado. Conversaron sobre su vida y lo que le brindaba alegría.
Mientras caminaban, la brisa trajo de repente el aroma a pan recién horneado. Él se detuvo en medio de sus flores, echó la cabeza hacia atrás, respiró hondo y dijo: «Ah, puedo olerlos juntos. ¡Qué aroma tan maravilloso!». Los dos permanecieron allí durante varios minutos, simplemente respirando juntos.
En Hospice East Bay, sabemos que son las pequeñas cosas, los pequeños momentos, los que encierran valiosas lecciones. El simple hecho de detenerse a respirar. El recuerdo del pasado. El reconocimiento de la belleza y la maravilla.
Esos momentos no solo reconfortan a nuestros pacientes y sus familias, sino también a quienes trabajamos con ellos. Al acompañar a quienes conocen mejor la mortalidad, adquirimos perspectiva sobre nuestras propias vidas. Reflexionamos sobre lo que nos llena de alegría y nos abrimos a la sorpresa de la maravilla y los recuerdos.
Son las pequeñas cosas, esos pequeños momentos, los que nos motivan a volver a nuestro trabajo día tras día. Saber que marcamos la diferencia en la vida de los demás es importante. Saber que nuestro trabajo nos transforma aún más es importante. Son estas pequeñas cosas las que nos unen y nos permiten estar presentes cuando nos necesitas.
